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LA CASA DE IRENE Y PEPE

Eduardo Hoffmann es una de las figuras más relevantes del arte de Argentina. Nació en Mendoza en 1957, estudió en la Facultad de Arte de la Universidad Nacional de Cuyo, y se fue alimentando de las estéticas de vanguardia del siglo XX, tanto como las pictóricas de Italia y Brasil y su mundo negro.

10.10.2017 / .

A partir del 13 de octubre hasta el 5 de enero de 2018 en el Espacio de Arte Trivento, Eduardo presenta junto a Silvia, Juan, Bebe, Sofía y Laura, también integrantes de la familia Hoffmann, la muestra colectiva titulada “La casa de Irene y Pepe”.  

Eduardo abre su baúl de recuerdos y comparte parte de su infancia y juventud junto a su abuelo José Alejandro Hoffmann, Pepe, reconocido coleccionista y apasionado por el talentoso artista Fernando Fader.  

La Casa de Irene y Pepe, así le decíamos a la casa de mis abuelos paternos. Vanguardia racionalista, porción de la belle epoque mendocina, baluarte de los hermanos Civit: arquitectura cuya paulatina ausencia cedió el paso a otra de dudosa nobleza en la cual las amplias cocheras guardan celosamente y exhiben los éxitos económicos.
 

Al entrar a la casa de mis abuelos, el art deco se acariciaba en los picaportes y en el interior se advertía esa misma consonante sensibilidad abarcando hasta los más mínimos detalles.

Las tres plantas de la propiedad estaban atiborradas de pinturas de artistas nacionales y europeos. El mobiliario, si bien era diferente, se vinculaba por oposición; puntualizando cada sitio por su antigüedad y delicadeza que nos estaban vedados a los menores. En las paredes, en los espacios vacantes dejados por las pinturas, a la altura de la mano había una biblioteca de incunables, custodiada por vitrinas con cerámicas de oriente y occidente, y trescientos marfiles registrados. Una pieza tallada sobre el colmillo rosáceo de algún mamut congelado resaltaba entre las demás. Los altavoces, escondidos, estaban reservados solo para la música clásica con algunas licencias para el jazz en las fiestas. La carpintería en madera de avodiré, herejía provocadora para cualquier luthiers de violines.
 

Cuando Pepe buscaba golosinas en el armario donde las guardaba, escuchábamos el aristocrático sonido del Art Decó filtrándose por las rendijas.
 

Las hojas del portón de la cochera custodiaban un Pontiac Master Six único en su especie.
 

A las cinco de la tarde servían el té en el comedor de diario, implacablemente. Con las  ventanas abiertas de par en par, bastaba con asomarse desde la ancha vereda para sumarse a la mesa familiar.
 

En los almuerzos dominicales se hablaba de temas de actualidad, pero la pasión de la charla quedaba reservada a temas recurrentes como música y pintura. Recuerdo un almuerzo en el que mi tío Tito y mi abuelo Pepe, padre e hijo, discutían sin ponerse de acuerdo. Tito, me pidió que fuese a buscar aquel libro de Toulouse Lautrec; recalcando con exactitud el número de página, para refutar a mi abuelo con documento en mano. Quien con irónica sonrisa aceptaba la derrota y paradójicamente, sentía orgullo por la erudición del hijo.
 

Veintiún primos compartíamos a mis abuelos y llegamos al centenar en los cumpleaños de aquellos dos patriarcas, o en las colosales navidades con su interminable distribución de regalos.
 

Mientras escribo, pienso en el futuro ejercicio: lo que podrán escribir mis nietos de nuestra influencia en su formación cultural.
 

Una gran mayoría de los integrantes de la familia tenía facilidad para el dibujo, ese tipo de facilidad  fascinante para chicos y grandes. A mi tío Bebe, el acuarelista, le pedíamos dibujos de caballos; y con él hicimos las primeras acuarelas en un arroyito del Parque General San Martín. Aquel primer día mi bosque con arroyito quedó un tanto renegrido, y cuando regresamos a casa con mi hermano, le presentamos a mi madre nuestras primeras incursiones artísticas. Aquel fue un antes y un después. Mientras justificaba mi tiznado trabajo, parloteando y defendiéndome concluí: es un bosque quemado después de un incendio. Mi hermano, desconcertado, volvió la cabeza proclamando ¡qué mayúsculo! y siguió su camino. Yo, con el orgullo empantanado pensaba que con las próximas acuarelas se me acabarían las excusas y tendría que demostrar cómo hacer bosques normales. Advertí que tenía que intentarlo de nuevo y esa fue la sutil diferencia, la continuidad.
 

Mi abuelo era un coleccionista típico de libro, obsesivo sobre todo por Fernando Fader. Tan obsesionado estaba con Fernando que muchas veces él mismo creía ser Fader, desdoblándose y proclamando el cómo, cuándo y por qué de tal o cual pincelada. Siempre sentí que las personalidades y carácter de Fader  y mi abuelo eran idénticos, me costó mucho disociarlos; solo cuando conocí a Fader por foto comprendí quién de los dos era el verdadero. Desde que tengo memoria, mi padre me recuerda siempre mismo relato que “más de cien pinturas de Fader pasaron por sus manos de las cuales cuarenta y seis están hoy en el Museo Emiliano Guiñazú – Casa Fader, en Mendoza”.
 

Pepe sumaba millas, tanto en este mundo como en el otro. Había vivido de cerca el gozo y la incertidumbre intrínseca del artista, fue testigo en una carrera de relevos. Ver para hacer y hacer para ver. Picasso en uno de sus centenares axiomas no dudaba al afirmar que el artista es un coleccionista frustrado. Sin embargo y contrariamente, cuando decidí estudiar pintura, la primera resistencia fue de mi abuelo y su primera cuestión fue: “y de que vas a vivir m’ hijito querido”.


A los 17 años cumplí los mandatos familiares, me inscribí en la Facultad de Artes de Mendoza, pensando en obtener el título de docente para poder desempeñarme en el futuro y tener un sustento asegurado. Aquel cumplimiento equilibraba ante mi familia mi decisión indeclinable de ser pintor, permitiéndome aquella especie de valentía condicionada .Todo lo que me cautivó inicialmente de aquel espacio para el estudio del arte pasó a transformarse en una barricada a transgredir. Debo mucho a dos profesores: al artista Zdravko Ducmelic por transmitirme el amor a la pintura y a un maníaco profesor de historia del arte, gracias a su precoz empujón quedé fuera de aquel ámbito de estudios.
 

Y fue ese mismo intransigente profesor de historia quién, con el correr de los años, le pidió a mi abuelo una entrevista para charlar sobre Fader. Pepe se la concedió, ignorando que, para este profesor, había sido yo el blanco significativo donde proyectar resentimientos y frustraciones.
  Pepe mediaba los 80 años, caminaba lento empuñando el marfil de su bastón, una importante parte de su osamenta ya carecía de fuerza. Aquel brío en su mirada astuta había dado paso a un ojeo cándido. La tertulia entre mi abuelo y el despótico profesor de historia del arte fue medida y cordial, hasta el instante en el que intercambiaron opiniones sobre mí. El universitario argumentaba mi falta de interés en su materia y, seguidamente, pasó a descalificarme con improperios. Entonces mi abuelo preguntó, vacilando empíricamente y sin darle derecho a retractarse: “¿Usted está hablando así de mi nieto?”. Inmediatamente y sin mediar palabra, se levantó de su asiento preferido junto al sillón vacío de Irene, caminó  hacia la salida al límite de su agilidad, conquistó una vez más aquel dúctil y bello picaporte, abriendo la puerta con un hidalgo ademán, lo invitó a retirarse.  

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